24 abr. 2017

Paseando el Bellas Artes de Asturias

Vacaciones de Semana Santa y a Oviedo se le notan los turistas. Guiris y nacionales recorren las calles de la vieja Vetusta.

Se va acercando la hora de comer y son muchos los que se paran a la puerta de bares y restaurantes para comprobar la oferta gastronómica y el precio, claro. Los más miran con asombro el escanciado de sidra.

La mayoría no habrán venido para ver procesiones, para eso están otras ciudades, no nos engañemos. Deambulan de una calle a otra. Fotografían la catedral, se hacen fotos con la Regenta y recorren El Fontán.

Muchos de esos turistas no se acercarán a los monumentos prerrománicos. La impericia a la hora de “vender este producto” de tantísimo valor histórico y estético los hacen pasar casi desapercibidos.
Serán aún más los que no visiten el Museo de Bellas Artes de Asturias. Aunque esto no debería parecerme extraño cuando una gran parte de los asturianos aún no lo conocen.

Los tres edificios que lo componen: el Palacio de Velarde (1765), la Casa de Oviedo-Portal (1660) y el edificio de Ampliación, diseñado por Francisco Mangado e inaugurado en 2015, forman un curioso conjunto que alberga muchas joyas pictóricas, también algunas esculturas.

El proyecto de ampliación resultó agotador. El resultado final me gusta. Los contrastes entre unos y otros edificios lo sacan de la uniformidad, aún con los problemas que acarrean las adaptaciones de antiguos inmuebles  a nuevas actividades. Lo peor de todo son las conexiones entre los edificios que ni son cómodas ni atractivas. Incluso hay quienes dicen que es un poco laberíntico. Así y todo me gusta.

En las entradas de acceso, tiene dos, una por la calle Santa Ana y otra por la Plaza de Alfonso II el Casto, pueden recoger, gratis, un folleto informativo que les orientará. Por si alguien no lo sabe, la entrada es gratuita.


El viernes, para los creyentes cristianos Viernes de Pasión, decido visitar la exposición temporal Una edad de Oro: arquitectura en Asturias 1950-1965. Me prestó. Se aprende un poco sobre algunos edificios que casi vemos a diario.

No lo resisto y me decido a recorrer el museo. Un paseo rápido, no es la primera vez ni será la última que lo visitaré.

Hay gente, la mayoría foráneos. Hacen la visita a la carrera. Cuando regresen a sus casas podrán contar que comieron fabada, intentaron echar un culín de sidra, que no llovió en Asturias y que visitaron el Museo de Bellas Artes de Asturias.

Estoy exagerando. Algunos padres – creo - intentaban explicar a sus jóvenes acompañantes el valor de lo que estaban viendo. Sus caras no denotaban demasiado interés ni en las obras ni en la explicación. El adulto no cejaba en el empeño y los jóvenes no dejaban de mirar el móvil. Seguramente estarían comprobando la veracidad de lo que les estaban contando. Seguro.

Se acordarán de que hay cuadros de El Greco, Zurbarán, Murillo, Goya, Sorolla, Dalí, Picasso, Tápies o Barceló. O tal vez no, pero los hay. Incluso, quien sabe, que estuvieron frente a obras de Luis Fernández, Piñole, Evaristo Valle, Navascués, Alejando Mieres – mi profesor de dibujo en el Instituto Jovellanos de Gijón -, Saura o Carreño Miranda, por mencionar a unos pocos.

Habrá quienes se empeñen en grabar con sus móviles – está prohibido - y los vigilantes de las salas tendrán que realizar alguna que otra persecución. Da igual que se lo expliquen con toda amabilidad, una fiebre compulsiva azota al mundo desde que los teléfonos se han convertido en cámaras de vídeo y fotografía y eso parece producir trastornos en determinados individuos.

Cuando se transita por la Casa de Oviedo-Portal los suelos de madera se quejan. En el silencio que suele reinar, el daño que provocan nuestros pies producen ese lastimero chirriar que a oídos de alguno sonaba a cacofonía fantasmal y estaba empeñado en grabar tan originales crujidos.

Una pareja se quedó embelesada ante un cuadro – no recuerdo cual, lo siento – y hablaban de cómo resaltaba, la sensación de profundidad, el color… me acerqué – prudentemente - y agucé el oído: ¡estaban hablando del marco!


Aunque me propuse echar poco tiempo no fue posible. Una paradita aquí, otra allá, me senté un poco y cuando me di cuenta llevaba casi una hora y media dentro. No fui el único que se sentó. En una de las salas dos mujeres se tomaban un descanso y tuvieron tiempo para hojear La Nueva España.

No sé si por las calles había alguna procesión en ese momento, yo en todo caso estaba contemplando el Cristo muerto en la cruz de Zurbarán, el Apostolado de El Greco o El Descendimiento de Ricardo Mojardín.

Y es que la Semana Santa da para mucho y a cada uno según le apetece. Muchos directamente se fueron a las playas, y algo de envidia les tuve.

Les recomiendo que visiten este magnífico museo, que aún lo será más con las incorporaciones de las  29 obras donadas por Plácido Arango.

Las pasiones son muchas y la de contemplar estas obras de arte la tenemos muy cerca.

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