25 jul. 2017

El socioliberalismo de Ciudadanos

Hace años la hija de un querido amigo, que por aquel entonces tendría quince o dieciséis años, en uno de sus habituales debates, le espetó a su padre: “tú eres un conservador de izquierdas y yo soy una progresista de derechas”. 

Cuando me lo contó mi amigo me partí de risa. Él se mostró ofendido y cuanto más insistía en el tema, más me reía yo. Sucedió hace unos cuantos años y no lo he olvidado. Hoy aquella joven es una mujer muy inteligente y con enormes capacidades.

Esta anécdota me viene a la cabeza leyendo un artículo de Nicanor García, Portavoz de Ciudadanos en la Junta General del Principado de Asturias, en La Nueva España.

El portavoz de Ciudadanos nos habla de liberalismo y progreso desde un “enfoque socioliberal, o liberal progresista”. Pues vale. Cada uno puede definirse como quiera. Ahora bien, a mí me asaltan unas cuantas dudas con las afirmaciones del portavoz de Ciudadanos.

Nicanor García empieza hablándonos de superar viejas formas y para ello acude al referente de Macron. Eso sí, sin dejar de recordarnos que Francia es un país de revoluciones.

Pues sí señor, lo es y además gracias a ellas nuestras democracias son lo que son. Aunque ese espejo en el que se mira Nicanor García no sé si será muy adecuado. No es por nada especial, lo digo vistas las últimas encuestas sobre la popularidad del presidente francés en las  que ha descendido en diez puntos en un mes. El anuncio de los planes para el sistema fiscal y la reforma de las leyes laborales han contribuido de manera rotunda a este descenso.

Visto esto me reafirmo en que no parece muy buen ejemplo. Si al portavoz de Ciudadanos le sirve pues nada, allá él.

Nos habla, Nicanor García, de una sociedad excesivamente funcionarizada. Este cantar no es nuevo. Esta afirmación, negada por muchos, no explica por donde piensa recortar el número de funcionarios. ¿Personal sanitario? Pero si estamos viendo que no se pueden cubrir ni las jubilaciones de médicos. ¿Jueces? Cuando todos estamos de acuerdo en que sí la Justicia es muy lenta es por falta de personal. ¿Profesores? Oiga que las aulas están saturadas de alumnos.

¿Me quiere explicar en donde metemos tijera? Esa pregunta no la responde Nicanor García. Aunque lo que quiere decir, pero no dice  -y no hay que ser adivino - es que está pensando en privatizar aún más los servicios públicos. Así de claro.

Se refiere también en su artículo el portavoz de Ciudadanos a la “transición del mercado laboral hacia la era de la tecnología digital, imparable en un mundo globalizado”.

Es innegable el empuje de la tecnología digital, pero no hay que olvidar otras industrias ni el mucho menos el mundo rural, que está a punto de extinguirse en nuestro país.

Confirma, Nicanor García, que el PP “pone todas las trabas posibles” en la lucha contra la corrupción y para su desgracia -así lo da a entender - “hemos tenido que pactar con el PSOE y Podemos”. Es una desgracia, desde luego.

Llegados a este punto se acuerda del presidente de Murcia. Yo recuerdo el tiempo que tardó Ciudadanos en tomar una decisión.

Cita cuatro medidas: tarifa plana para autónomos, bajada IRPF para rentas más bajas, complemento salarial para menores de treinta años e incremento de tiempo para la paternidad. Se le llena la boca con eso del carácter progresista de Ciudadanos.

Pues vale, si todo su  progresismo es eso pues bien, señor Nicanor García.

Insiste don Nicanor en las reticencias del PP a cambiar sus políticas, y se refiere al acuerdo que realizaron con ellos para ejecutar 150 medidas. A pesar de ello no se le ocurre dejar de apoyar al gobierno de Mariano Rajoy.

Luego pasa ya a lo de casa: “Asturias necesita un gobierno innovador, que introduzca reformas, que evite duplicidades en la administración, que prepare la transición del mercado laboral hacia la sociedad del conocimiento…”

Veamos señor García. ¿Qué innovamos? ¿Con quién innovamos? ¿De qué duplicidades habla? Por favor, díganos a qué se refiere.

Y ya para terminar, la sociedad del conocimiento es aquella que en gran parte tiene que emigrar de este país, de Asturias, por falta de apoyo de las instituciones públicas y las empresas. La sociedad, los ciudadanos, tenemos muchos conocimientos, a pesar de los pesares.

Y ya para rematar nos cuenta que Albert Rivera habló en la escuela de verano de Ciudadanos de “la revolución que deber ser educativa, laboral y hacia la innovación, y esto, junto con una regeneración de los partidos y de las instituciones que hagan que la gente vuelva a confiar en la política…”. ¿Rivera hablando de revolución?  Usted que militó en el CDS y luego en el PSOE ¿será parte de esa regeneración?

Palabras, palabras y más palabras. Vaguedades. Un mensaje sin concretar que es como no decir nada.

Nicanor García puede estar encantado, yo como ciudadano no salgo de mi asombro.

Querida amiga, no sé si seguirás pensando lo mismo. Espero hablarlo un día contigo, y con tu padre – puede ser muy divertido-. Desde luego no te estoy comparando con nadie, me has venido gratamente a la memoria y nada más. Tengo que confesarte que estoy en la línea paterna, qué le vamos a hacer.

Lo siento, por mucho que lo intento eso del progresismo de derechas no lo acabo de entender.

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24 jul. 2017

Murakami me enseña a escribir una novela



Fui corriendo a la librería a comprar De qué hablo cuando hablo de escribir, de Haruki Marukami, esperando encontrar las reglas para fabricar una novela. Estaba seguro que podrían hacer de mí un escritor, un gran escritor.

La cosa empieza bien. Murakami me da consejos: “… un bolígrafo, un cuaderno y cierta imaginación para inventar una historia. Con eso se puede crear, bien o mal, una novela. No hace falta estudiar en ninguna universidad concreta, ni se precisan unos conocimientos específicos para ello”.

Esto lo tengo. Con esta información ya puedo ponerme manos a la obra.

Después de leerle que “en mi opinión, escribir novelas no es un trabajo adecuado para personas extremadamente inteligentes” estoy encantado. Me encuentro dentro de ese grupo.

Ya tengo dos requisitos.

Murakami pensaba en mí: “Escribir novelas es ciertamente un trabajo con un rendimiento muy escaso”.

Les confieso que siempre he sido una persona dada a la holganza y me tenía preocupado. Ya no. Haruki - que me perdone la familiaridad – está contribuyendo a que me reconcilie conmigo mismo. Es que siempre me he dedicado a cosas inútiles. Ya ven por donde mi escasa producción y rentabilidad en la vida sirve para algo.

Tres, tres, tengo tres de las cualidades necesarias para escribir.

Dice mi cada vez más apreciado Murakami: “… los escritores son seres necesitados de algo innecesario”. Mi inutilidad tiene cabida en el mundo.

Cuatro, cuatro características imprescindibles para escribir. Voy camino del éxito literario.

Me estoy desmandando. Regreso a la sabiduría del maestro Haruki: “Lo que permanece en el tiempo para las generaciones futuras, ni que decir tiene, son las obras, no los premios”.

Para que no me crea que me voy a hacer rico con esto de la literatura Haruki me da otro baño de realidad: “Solo es una referencia, pero, por lo visto, las personas interesadas en la literatura y que leen de manera habitual solo representan el cinco por ciento del total”.

Eso a repartir entre tanto escritor da para poco. Mucha competencia para poco negocio. Me empiezan a entrar las dudas.

Cinco, cinco. Tengo cinco requisitos para ser escritor: “En mi opinión, una de las cosas más importantes para alguien con intención de escribir, es, de entrada, leer mucho. Lamento ofrecer un planteamiento tan convencional, pero la lectura constituye un entrenamiento que no puede faltar de ningún modo y, a la postre, es el más determinante a la hora de ponerse a escribir una novela, pues para hacerlo hay que entender, asimilar desde la base, cómo se forma, cómo se articula y cómo se levanta. La lógica es la misma que asegurar que para hacer una tortilla, lo primero es romper el huevo”.

Lo ven. Cumplo este requisito. ¡Anda que no soy un rompehuevos!

Por cierto ¿ven cómo Murakami ha escrito este libro pensando en mí? Ayyy, madre mía. Voy embalado. Tengo la primera novela casi terminada.

Por favor, por favor. Seis, seis. Que sí, que voy por seis:”… todo aquel que aspira a escribir novelas debería observar con atención a su alrededor”. ¡Esto también lo sé hacer!

¡Qué carrerón llevo!

La felicidad nunca es total: “Para escribir novelas largas me impongo la regla de completar diez páginas al día”. ¿No será algo mucho, Haruki?

Me empiezo a preocupar: “… reescribir es fundamental. Es la actitud de un escritor frente a un trabajo que decide mejorar”. Sólo de pensarlo me agoto.

Esto sí que no: “El estado de ánimo y el sufrimiento van aparejados al hecho concreto de la escritura”. No se lo van a creer, eso de escribir ya no me gusta tanto. ¡Qué indecisión!  Me asalta la incertidumbre.

¿Qué te pasa, Haruki? ¿Qué me estás haciendo?: “A veces tengo la impresión de estar sentado en lo más profundo de una cueva. Nadie va a venir a ayudarme, nadie me va a dar una palmadita de ánimo en la espalda ni me va a decir lo bien que he trabajado hoy. El resultado final de ese esfuerzo puede recibir algunas alabanzas (si ha salido bien, claro está), pero el proceso de escribir queda al margen de los reconocimientos. Es la carga que cada uno debe soportar en soledad y en silencio”.

¡De eso nada! Si no hay palmaditas y adulación lo dejo. No escribo.

¡Hala! señor Murakami, siga animándome: “Si el talento no está demasiado profundo, es muy posible que brote de forma natural, pero si está más hondo ya no resultará tan sencillo dar con él”.

¡Lo que me faltaba! ¡Tengo que ponerme cachas!: “La fuerza física y la espiritual han de ser compatibles, estar equilibradas”.

Cuando me topo con el rollito de fusión entre cuerpo y alma me pongo a temblar. Pues esto de escribir no va a ser para mí. No, no lo va a ser.

Haruki, gracias y perdona, otra vez me animas un poquito: “De no haber leído tantos libros estoy seguro de que mi vida habría sido más gris, deprimente incluso, apática”.

Hombre, alguna que otra juerga me corrí y te aseguro, Haruki, que no había libros de por medio.

Me engañó, señor Haruki: “Un escritor debe crear personajes que parezcan reales y, además, deben resultar interesantes, atractivos, autónomos”.

¡Anda que no le pide nada el cuerpo!

Y cómo éramos pocos: “… nunca he sentido la necesidad ni me he planteado cuestiones peliagudas como quiénes leen mis novelas, si les gustará lo que escribo o si entenderán lo que pretendo decir en determinada obra”.

Lo tengo decidido, lo dejo. No voy a escribir esa magnífica novela: “… haga uno lo que haga, siempre habrá alguien que lo criticará”.

Y llegó el golpe de gracia: “Me considero un individualista y no tengo claro que mi forma de vivir y de escribir pueda extrapolarse. Dado que apenas tengo relación con otros escritores, tampoco sé cómo trabajan y no puedo comparar. Escribo como lo hago porque no sé hacerlo de otra manera. Eso no significa en absoluto que la mía sea la forma más adecuada de escribir una novela”.

Señor Haruki Murakami, sepa usted que la humanidad ha perdido un gran escritor y usted, sí usted, es el responsable.

Aquellos que quieran aprender a escribir léanlo. Disponible en su biblioteca pública o librería más cercana.

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23 jul. 2017

Lanzarote, la isla de los volcanes y de César Manrique


Anda extraviado. Unos cascos le aíslan un poco más. De vez en cuando mira el móvil. Levanta la cabeza, observa el entorno y no pestañea. Su cara parece una máscara enfadada. No demuestra el menor interés por lo que hay a su alrededor.

Estamos en el Parque Nacional de Timanfaya, en Lanzarote. El autobús que adentra a los turistas por ese espectáculo natural no motiva en absoluto al joven alemán. Sus padres delatan su nacionalidad. El extraviado tendrá unos quince o dieciséis años. Seguro que tiene un mundo interior muy rico.


Timanfaya me parece espectacular. No conozco nada igual. Lo que hoy vemos son los resultados más visibles de las erupciones del siglo XVII y XVIII. No se trata de un solo volcán, son más de veinticinco. Alguno conserva su cono en muy buen estado.

Hay personas, las conozco, a las que no les gusta nada esta isla. La aridez les horroriza. A mí me encanta. Resulta imposible abstraerse y no pensar en películas de ciencia ficción espacial.


Las lenguas de lava que llegaron hasta el mar son preciosas. Las “montañas” peladas o con una incipiente vegetación me cautivan. Parece imposible que nada puede sobrevivir en esos terrenos y, sin embargo, ahí están, dando su punto de color verde y amarillo en un mar de marrones, ocres, rojizos, negros. Especies arbustivas como la tabaiba o el verode se están haciendo con su espacio en las zonas volcánicas más antiguas, en la más recientes son los líquenes y briofitos los colonizadores.

Deseaba conocer esta isla, hace ya mucho tiempo, por tres motivos: el Timanfaya, el original cultivo de la vid y, cómo no, por la obra de César Manrique. Hoy, tras el paso de los años y las visitas, me siguen pareciendo tres buenos motivos para seguir visitándola.


Por un lado la obra de la naturaleza en Timanfaya, en toda la isla; por otro la labor de adaptación del hombre a un espacio hostil y lograr sacarle partido y por último, pero no menos importante, la visión de una persona: César Manrique. En unos momentos en los que hablar de desarrollo sostenible, preservación de la naturaleza, etc., etc. era cuando menos raro, Manrique logró llevar sus planteamientos a la práctica. Su empeño, y el de otras personas que le apoyaron, hicieron posible que la isla no haya sido arrasada como otras.


Lanzarote mantendrá ese encanto especial en tanto no se deje llevar por la desmesura inmobiliaria. Antes de cometer locuras - espero que no les ataque el mal de la avaricia extrema -  tal vez piensen un momento en César Manrique y en José Saramago.





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20 jul. 2017

No sé cómo era




No sé cómo era. Ya no lo sabré. Se murió.

Parecía no necesitar a nadie. ¿Sería verdad? Nunca lo sabremos. Se murió.

¿Qué le gustaba? No lo sé. Se murió.

¿Qué le inquietaba? No sé. Se murió.

¿Qué…? Qué más da. Está muerto.

Estaba sólo. Lo dejamos sólo. Ya no tiene remedio. Se murió.

No supimos nada de su vida. Tampoco de su muerte.

¿Cómo murió? No lo sé. Se murió.


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17 jul. 2017

Sol y libros


No fallan. Son cómo un reloj. Algo más de las ocho y media de la tarde. Ya han cenado. Británicos. Están sentados en un apartado sofá del gran vestíbulo del hotel.

Se escucha, atenuada, la música del piano del bar del otro lado. Es un piano de cola. Puedo tararear la canción que oigo, es muy popular. La luz ambiental es tenue, acogedora. Hay una salida a una enorme terraza – todo es grande - con vistas al mar.

El bar tiene dos estanterías, pues sí, también grandes, ¡qué digo! muy grandes, repletas de libros. Es imposible llegar a las baldas más altas. Cualquier huésped puede cogerlos y ponerse a leer. Hay libros hasta por los pasillos de acceso a las habitaciones.


Vuelvo a la pareja de británicos. Que sí, lo son. Ella lee en papel, él en libro electrónico. No varían la rutina. No lo dije, son mayores. Dicho así es no decir nada: son ancianos. Mejor así. No veo lo que leen. Están absortos en la lectura y lo que sucede a su alrededor les importa un pito. Lo tienen muy visto. Ahí les dejo a lo suyo. Me voy al bar.

No sé que hago bajo la sombrilla. El sol juega al escondite con las nubes y el viento las zigzaguea.

Estoy cansado de la posición decúbito supina y me doy un paseo por la zona.

Las tumbonas de las piscinas están ocupadas por ingleses – mayoría – alemanes, algunos franceses y españoles.

No hay que ser un gran observador para comprobar quienes son los recién llegados, el color de la piel los delata. A los del brexit se les nota mucho. Su aspecto lechoso o encerado se va tornando sonrosado primero, luego cambian al color langostino cocido y al final, y con mucho tesón, pasan al tono churrasco pasado.

Los móviles no faltan. Algunos dormitan, otros roncan y muchos leen. Sí, leen. Periódicos, revistas, libros.

Doy otra vuelta y voy haciendo recuento. A los españoles los detecto enseguida. Ya saben, nuestro tono de voz nos delata. Entre los compatriotas solo encuentro una lectora, los demás se dedican al acto contemplativo o en su defecto a aporrear el móvil.

Seguidores del papel y del libro electrónico se reparten en esa Babilonia de tumbonas. Hay muchos lectores, la mayoría lo son. Entre ellos destacan los hijos de la Pérfida Albión.

El hábito lector se tiene o no se tiene. No le demos vueltas, en España se lee poco.

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