10 jun. 2017

Mykonos, la isla del pelícano


Pues no, no me encontré con Petrus II. Ni en el puerto de Mykonos ni en las calles adyacentes. O estaba de vacaciones o se escondió de mí. ¿Qué no saben quién es Petrus II? Pues el sucesor de Petrus. No se trata de ningún pope, es un pelícano. El primero, Petrus, era el famoso de verdad,  el segundo fue una importación. No sé qué habrá sido de él, no lo vi.

Retrocedo. Para llegar a Mykonos, desde Atenas, tomamos un transbordador que iba llenito de gente. No solo éramos turistas. Las bodegas se tragaron unos cuantos camiones y coches. Cinco horas de navegación que se hicieron entretenidas, la verdad.

Como el Alsa entre Oviedo y Tineo, hizo paradas. La primera en la isla de Siro. Se veía un pueblo bastante grande y guapo. Descendieron algunos vehículos y también pasajeros. Todo muy rápido. Subieron al barco un par de hombres vendiendo algo que creímos que era un postre típico de la isla. Lo llevaban metido en una gran bolsa blanca y no se veía. Anunciaban a voz en grito su mercancía, pero nuestro griego es bastante deficiente. El barco arrancó con ellos dentro.

Un rato más tarde, la segunda parada: Tinos. Mucho más pequeño y con algo menos encanto. Eso me pareció a mí. En esta se bajó menos personal. Casi todos parecían habitantes de la isla.


Como podrán imaginar, en una y otra los guiris nos agolpamos en la borda para hacer fotografías.

Vuelvo. La capital de Mykonos es Chora, Jora o Χώρα – impresionante mi dominio de las lenguas -. Es un pueblo para caminarlo. Sus preciosas y laberínticas calles están pintadas de un blanco impoluto. Hasta el suelo, de grandes losas, tienen las separaciones pintadas de blanco. Dicen que cada vecino se encarga del mantenimiento de su fachada y el entorno de sus casas.


Los edificios son de dos alturas, con puertas, ventanas y las barandillas de las escaleras de acceso a esas plantas superiores pintadas. Toques de color azul, sobre todo, y rojo rompen esa blancura. Los tejados son planos.

Da igual por donde andes, una callejuela da acceso a otra. Algunas son estrechas, otras muy estrechas. No es posible perderse. Con algunas vueltas, y un mínimo sentido de la orientación, acabas saliendo al puerto. Petrus II no aparece.

El pueblo está muy limpio. Los barrenderos que no vimos en Atenas los encontramos en Chora.

Mykonos vive para el turismo, del turismo, y lo saben cuidar. Sus tiendas están muy bien presentadas y con ropa muy guapa. Nos recordaron a las italianas. No faltan las joyerías ni las tiendas de recuerdos. Pero eso sí, todas bonitas. Los restaurantes y bares son también muy acogedores.

No se tarda mucho en recorrer el pueblo. Hay que tomárselo con tranquilidad y saborearlo.


Callejeando acabas sin darte cuenta en la zona que denominan la pequeña Venecia. Se trata de un conjunto de casas construidas al borde del mar, de ahí le viene el nombre. Todas tienen su correspondiente bar o restaurante con vistas al mar. Entre las terrazas y el mar queda un estrecho pasillo en el que nos cruzamos los turistas. Al llegar la tarde la gente se arremolina en esta zona para ver la puesta de sol.


Un poco más allá, en una ínfima loma, hay cinco molinos de viento. Verlos y acordarse de don Quijote es todo uno.

Llegados aquí perdí la cuenta del número de fotografías que hice. No me basta con la cámara, uso también el teléfono.

Las estrechas calles - ya saben, para evitar el excesivo calor - nos dan la sorpresa, inicialmente, de albergar una, dos, tres pequeñas iglesias. En algunas ocasiones pegadas unas a otras.


Según cuentan por ahí, y quiero decir por internet, esas iglesias eran ofrendas de los antiguos moradores de la isla, que dedicados a la piratería, ofrecían levantar una iglesia si les sacaban del problema de turno. Dado el número de ellas, más de 360 y la isla supera las mil, según leí por algún lado, muchos piratas debió haber y en muchos líos se metieron. La más importante es la de Panagia Paraportiani, que realmente son cinco iglesias unidas. Todas ellas mirando al mar.

No faltaron un montón de fotografías.

La isla es pequeña, unos 90 kilómetros cuadrados, y se recorre fácilmente en coche. No hay problemas de tráfico. El personal se lo toma con tranquilidad y adelantan cuando pueden. No resulta estresante conducir.
Después de la Chora el pueblo más importante es Ano Mera, donde se puede visitar el Monasterio de Panagia Tourliani.

La isla es bastante monótona. No hay vegetación ni cultivos, excepto alguna chumbera o higuera. Eso sí, vimos dos vacas. Dos, ni una más ni una menos.


Las playas no son espectaculares. Las más famosas, la Super Paradise o la Paradise pues bueno. Como playa nos gustó más la de Kalafati. La Super Paradise tiene un chiringuito bien montado en el que por las noches se desmadran. De la vida nocturna no tengo ni idea.

Se lee por todos los lados que Mykonos es la Ibiza del Egeo.  Ni por el paisaje, incluyo las calas, ni por la juerga - en Ibiza se ve a todas horas - ni por las infraestructuras – Ibiza está sobrecargada – se parecen.
Otro lugar común es el de paraíso sexual. Pues vale. El sexo, al igual que la religión, cada uno, o cada dos, con el que le da la real gana.

Χώρα es un pueblo precioso. Nos encontramos muy agustito. Por más que lo intenté, no encontré a Petrus II.

Dejamos la isla con la cámara y la retina inundada de imágenes. Los sentidos, satisfechos, provocarán con el tiempo recuerdos agradables. Para eso viajamos.

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Mykonos, la isla del pelícano by Santiago Pérez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.

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